“Di a luz en la calle”: el conflicto hace que el parto sea peligroso en algunas zonas de África

Jun 2, 2026
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BIRAO, República Centroafricana (AP) — La agonía para Maude Ahmad Fadala comenzó poco después de que se pusiera el sol.

Su bebé venía en camino. Estaba en un campamento de refugiados, debilitada por la fiebre tifoidea. En el recinto no había instalaciones para lo que estaba a punto de ocurrir, y no tenía dinero para viajar. Se puso de pie con dificultad y empezó a caminar.

Se detenía cada pocos minutos, atenazada por el dolor de las contracciones, y no pudo seguir.

“Di a luz en la calle”, relató. “No había médico, ni partera, ni nadie que me tomara de la mano”.

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Este reporte forma parte de una serie sobre mortalidad materna en África subsahariana, que tiene la población de más rápido crecimiento del mundo y representa el 70% de las muertes maternas a nivel mundial. Cada año se registran alrededor de 180.000 muertes relacionadas con el embarazo en todo el continente.

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Casi dos tercios de las muertes maternas en todo el mundo ocurren en países afectados por conflictos o por la “fragilidad”, informó la Organización Mundial de la Salud este año. Para mujeres como Fadala, que huyen de la guerra de Sudán hacia países como República Centroafricana, el peligro no se detiene en la frontera.

El desplazamiento puede suponer perder citas prenatales, emprender viajes peligrosos y enfrentar sistemas de salud debilitados, a menudo en lugares remotos.

Las mujeres en República Centroafricana tienen 40 veces más probabilidades de morir durante el embarazo o el parto que en Estados Unidos, según Naciones Unidas. Por cada 100.000 nacimientos en el país, uno de los más pobres del mundo, 829 mujeres fallecen.

“Riesgo de muerte materna va a aumentar”

Años de conflicto interno han debilitado a República Centroafricana y a su sistema sanitario. Pese a sus vastas reservas de oro, la atención médica es escasa fuera de las principales ciudades. Una de cada tres personas vive con menos de dos dólares al día.

El gobierno, consciente de su problema de mortalidad materna, anunció en 2024 un plan para aumentar el gasto en recursos como personal capacitado para atender partos. Las autoridades no respondieron a preguntas sobre el funcionamiento de la iniciativa.

Ahora, los recortes generalizados en la ayuda humanitaria por parte del principal donante, Estados Unidos, y otros países han hecho que a las mujeres les resulte aún más difícil ser atendidas.

En la remota localidad de Birao, cerca de la frontera con Sudán, donde Fadala se refugia, cuatro parteras locales que habían recibido apoyo del Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés) perdieron sus empleos el año pasado, después de que el gobierno del presidente Donald Trump recortó todos los acuerdos de financiación de Estados Unidos con la agencia de salud sexual y reproductiva de la ONU.

Frente a la tienda de Fadala hay un antiguo “espacio seguro” financiado por el UNFPA que proporcionaba transporte a las mujeres embarazadas hasta el hospital del distrito. Era uno de los cuatro espacios de ese tipo que atendían a casi 50.000 mujeres en Birao. Sin los fondos de Washington, estos puestos han cerrado, así como dos centros de salud.

Ahora, “algunas mujeres corren el riesgo de morir en situaciones de embarazo que no reciben atención médica”, advirtió la responsable de programas del UNFPA, Marie Justine Mamba Ibingui.

El presupuesto del UNFPA en la República Centroafricana se ha reducido a la mitad en los últimos dos años, hasta 6,5 millones de dólares, indicó el director de la agencia en el país, Victor Rakoto. El UNFPA era el único proveedor de productos de salud reproductiva en Birao.

“El riesgo de muerte materna va a aumentar si no hay una solución”, apuntó Rakoto.

Los entornos afectados por conflictos como Birao representan seis de cada 10 muertes maternas a nivel mundial, de acuerdo con la ONU.

“Dar a luz aquí es agotador”

El hospital del distrito, al que Fadala había intentado llegar, está a unos pocos kilómetros (más de una milla) por caminos de tierra.

En un día reciente, la asistente de partos Delphine Zanabe se movía entre pacientes mientras decenas de mujeres esperaban, sentadas muslo con muslo en bancos duros bajo un calor sofocante. Algunas habían caminado durante horas para llegar al hospital. Otras habían puesto en riesgo su embarazo con trayectos en motocicleta por terrenos accidentados.

Desde la frontera, contigua a una parte de Sudán controlada por fuerzas paramilitares que combaten al ejército, hay un trayecto de 65 kilómetros (40 millas) hasta el campo de refugiados.

“Solo vienen cuando están a punto de dar a luz”, explicó Zanabe. “Es una lucha y o bien sufre el bebé o la madre”. Según las directrices de la OMS, las mujeres embarazadas deberían asistir al menos a ocho consultas prenatales.

Para las refugiadas, vivir en modo de supervivencia en un entorno desconocido agrava los desafíos de la pobreza y la falta de educación. Zanabe señaló que esos factores a menudo ponen a las mujeres en riesgo de complicaciones durante el embarazo y el parto.

En la sala de maternidad, ocho camas compartían una habitación tan pequeña que casi se tocaban. Atienden a una población de alrededor de 70.000 personas, además de 22.000 refugiados sudaneses.

Los médicos dijeron que 12 empleados han perdido sus trabajos como resultado de los recortes en la ayuda. La mayoría eran del departamento de maternidad.

Amna Adam Hessen había llegado al centro el día anterior, ardiendo de fiebre por la malaria. Se descubrió que su bebé estaba en posición de nalgas, un hallazgo tardío porque había faltado a las citas prenatales. Trasladada en moto desde el campamento de refugiados, sangró abundantemente durante el parto y perdió a su hijo.

Al día siguiente, su madre, Salet, la abanicaba en medio del calor asfixiante.

“Dar a luz aquí es agotador”, manifestó al describir la larga y difícil noche.

Amna se retorcía con fiebre sobre el colchón de espuma desnudo y gritaba “Mamá, mamá”.

A Zanabe le preocupa que futuros recortes en la asistencia humanitaria afecten a las madres.

Más del 40% de los nacimientos en República Centroafricana ya ocurren fuera de instalaciones médicas, de acuerdo con estimaciones de Naciones Unidas —un enfoque tradicional que conlleva riesgo de complicaciones que, de otro modo, podrían prevenirse.

“Los abandoné así”

Clara Abessendé fue una de las cuatro parteras que perdieron su trabajo.

Había observado cómo el número de mujeres que llegaban diariamente al hospital se triplicó tras el inicio de la guerra en Sudán a principios de 2023, y cómo el personal se quedó sin suministros como antibióticos y tratamientos contra la malaria.

“Como resultado, hubo más casos de muertes infantiles y maternas”, afirmó.

Además, apuntó que se siente abrumada por la culpa de haber tenido que dejar su trabajo.

“Los niños que nacieron en mis manos… los abandoné así”, lamentó.

Katidje Idrisse Tahire es una de las mujeres a las que ella ya no puede ayudar.

Tahire caminaba lentamente por el campo de refugiados para buscar agua, con un niño a la espalda y otros dos a su lado. Estaba en los últimos días de su noveno mes de embarazo, preparándose para traer otro hijo al mundo.

Contó que huyó de Sudán a pie hace cuatro meses. En la frontera, hombres armados le robaron todas sus pertenencias. No se ha vuelto a ver a su esposo desde que huyeron de Darfur.

“Me duele todo el cuerpo”, dijo. “Estoy muy cansada y enferma”.

No tiene dinero y no sabe si habrá asistencia disponible cuando llegue su bebé.

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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.

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